INTRODUCCIÓN
Es imprescindible reconocer que hasta principios de la década de los noventa, al menos dos de cada tres integrantes de cualquier Ministerio Musical constituido en nuestras iglesias, era un neófito de la Palabra. El asumir esta triste realidad y tratar de revertir dicha situación no era responsabilidad de los músicos o de los cantores pues, sin justificar su proceder o su manera de entender su servicio al Señor, el asunto era que nosotros, quienes tenemos alguna ingerencia en la designación, nombramiento o distribución de dichas personas, somos los que debimos detenernos a pensar seriamente en cual es nuestro papel en este ministerio al Señor.
El tiempo ha estado pasando y la situación es poco lo que ha mejorado. El despertar a
Por lo cual, si decimos entender que ahora somos libres, es vital y necesario que ministremos de acuerdo a esta libertad; no es posible que, aún viendo cómo el Señor se está moviendo, aún siendo partícipes de tanta bendición, frenemos a nuestras congregaciones y no les permitamos alabar y adorar al Señor en un solo espíritu, en un mismo sentir, en una misma unción, en una misma dirección; aunque algunos canten, otros oren, algunos rían y otros lloren, todo es bajo la unción de la presencia del Señor en medio nuestro. Él es quién dirige nuestro andar, Él es quién dirige nuestro cantar, Él es quién dirige nuestro orar, por Él vivimos, por Él nos movemos; es tiempo del Señor, es tiempo de alabar, es tiempo de adorar, es tiempo de nutrirnos de tal forma de la Palabra, que tiene que formar parte de nuestro ser, de nuestro yo, pues así como al saborear un dulce éste se deshace en nuestra boca, lo tragamos y forma parte de nuestro ser, de nuestro cuerpo, así la Palabra del Señor al saborearla y al tragarla, debe formar parte de lo que somos, de cómo hablamos, de cómo reaccionamos, de cómo nos comportamos, de cómo realmente somos, no de como fingimos frente a los demás. Ahora, en Cristo, somos personas de verdad, somos íntegros, no solo de labios.
La finalidad de estos escritos no es la de imponer reglas, ni fijar pautas, de cómo se debe alabar al Señor, pues jamás podríamos encuadrar sobre cómo, cuándo, y dónde se debe hacer, pues sabemos que Él demanda de nosotros una vida de adoración, por lo cual cada instante de nuestra existencia debe ser en alabanza y adoración, en lo que hacemos, en lo que decimos, en cómo actuamos y en como reaccionamos; basta de justificar nuestro mal proceder, sea por desconocimiento o por negligencia. Las falencias que aquí se mencionan, no necesariamente pueden ser el problema en su congregación, pero su lectura puede ser la chispa para encender la búsqueda de la santificación de los actuales Levitas y el comienzo de la limpieza del santuario.
Alabo al Señor por lo que está revelando a su pueblo, alabo al Señor por mostrarnos su gloria y su poder, alabo al Señor porque nos ha dado vida, no la vida que conocíamos, ni siquiera la que soñamos tener, sino aquella que es eterna, aquella que es verdadera, aquella que Él nos ha dado a conocer. Es hora de enseñar a su pueblo a alabar y adorar al Señor en Espíritu y en verdad. Si Dios se ha propuesto en su corazón el darse tiempo para nosotros, como leemos en su Palabra: "...se sentará para afinar y limpiar la plata; porque limpiará a los hijos de Leví, los afinará como a oro y como a plata..." (Malaquías 3:3), con cuanta mayor razón Él demanda abrir nuestros ojos a esta realidad latente en el ambiente, vibrante, impactante, poderosa y vigente por toda la eternidad. Es tiempo de ver cumplido el anhelo de su corazón: "...el año de mis redimidos ha llegado" (Isaías 63:4b). Es tiempo de buscar a Dios en la Alabanza, es tiempo de entender y practicar el "cantar con el Espíritu", pues "el tiempo de la canción ha llegado", es tiempo que el Señor mismo reinstaure el Ministerio Musical en su Iglesia, es tiempo que los músicos y cantores tengan un trato personal con aquél que los llamó a la obra de su ministerio, es tiempo que El comience a nutrir nuestra existencia, nuestro corazón y nuestra mente con cánticos de alabanza y adoración que provengan directamente desde el cielo. Es el inicio de nuestra eternidad. Nuestra redención ha llegado.